Rectángulo redondeado: INTRODUCCIÓN
En esta sección os presentamos una colección de Relatos cuyo formato, por extensión, no corresponde al de los Cuentos ni al de los Recuentos. Aunque sí se les puede llamar “brujos”, por cuanto siguen versando sobre los escalofriantes misterios de nuestras relaciones con el más allá. Esta vez, solo tenéis que pinchar en cada uno de ellos para abrir el archivo PDF correspondiente y leerlos (o descargarlos). Los dos primeros los podéis leer directamente en esta sección, después del Índice. Esperamos que los disfrutéis.

David Lang pisó un escarabajo mágico
Qué demonios verían
El anillo de oro
El come-hombres de Rufiyi
Al principio eran las sombras
La teoría del lazo ultravioleta
El hombre que nunca existió
Guerrero sin suerte
Canicas en el techo
El abismo de Wren
Colgado para siempre
Infierno inexplicable
Portero telepático
Ladrones de tumbas
Triunfo del artista muerto
El vínculo 
Si no hubiera tropezado
Otro final 
Volar de verdad





Unos textos de muestra                                :  


  DAVID LANG PISÓ UN ESCARABAJO MÁGICO

	
Desde hace más de 130 años, David Lang vive en una pequeña bóveda alargada. Una campana de paredes invisibles, intraspasables, anclada en mitad del pequeño prado de trébol que cultivaba cuando aún vivía. Exactamente en el mismo lugar donde su familia y otro testigo irreprochable que precisamente se encontraba allí de visita, el mismísimo juez del pueblo, le vieron literalmente desaparecer, volatilizarse en el aire, aquella lejana mañana del 1880, mientras caminaba con su pala hacia el sembrado, dispuesto a comenzar la jornada como todos los días. Cuentan los testigos que se volvió un momento para saludar desde la distancia, y acto seguido desapareció como si se lo tragara la tierra.

	Es un caso ya famoso de "desaparición misteriosa", paradigmático en los anales. Pues nunca más se volvió a saber de él. Por muchas batidas de búsqueda, e interrogatorios, que se organizaron, el único rastro, si así se le puede llamar, dejado fue el círculo de hierba seca que la hija de David descubrió, a la primavera siguiente, es decir, varios meses después de la desaparición, en el lugar exacto donde vio a su padre desaparecer. Dicen los informes, bien documentados, que allí mismo, por un momento, ella creyó oír los gritos sofocados de su padre llamándola, lo cual hizo que a su vez ella se pusiera también a llamarle a grandes voces y con desmedida y comprensible angustia.
	
Pero sin resultado ninguno, desde luego. Pues los mortales que tienen la mala dicha de pisar a un escarabajo mágico justo en el instante en que está a punto de ingresar en la tercera atención, en el reino de la conciencia total (yerran quienes piensan que solo los humanos recorren las sendas místicas), se precipitan inexorablemente dentro del hongo super-dimensional generado, tanto por la fuerza de la muerte como por la de los seres inorgánicos aliados del escarabajo, como refugio purificador del nuevo avatar que ingresa así en el firmamento. Por lo menos el de las estrellas muertas. Y aunque lamentamos no disponer de espacio para explicar todos los pormenores que conforman esta cosmología energética (sugiriendo la consulta con algún ocultista bien versado), a los efectos que nos atañen baste decir que esa burbuja inter-dimensional, ese paraíso a medida expresamente construido para el escarabajo brujo, al quedarse sin su dueño titular, y en virtud de condicionantes naturales que aún tardará la ciencia muchos siglos en comprender, se perpetúa, bloqueado, alrededor del intruso que ha interrumpido tan violentamente el proceso. La naturaleza es ciega incluso con las matemáticas del karma. Al tiempo que el insecto era injustamente atropellado. Las fuerzas del destino interpretan que el nuevo huésped, pisoteador impune de tan iluminado insecto, es ahora el verdadero (quizás porque en base a parámetros meramente cuantitativos la energía total de un ser humano es similar a la de un escarabajo), sellando sobre él unas barreras etéricas precisamente diseñadas para que ninguna fuerza en el mundo pudiera allanarlas. 
	
	Un indescriptible sarcófago, un imprevisible agujero en el espacio-tiempo desde el que, sin embargo, David sí puede observar lo que ocurre alrededor. Puede observar el mundo físico circundante, aunque no tenga posibilidad ninguna de intervenir en él. Cosa un tanto cruel. Pues asistir como espectador pasivo a las historias de las ya casi cuatro generaciones de familiares, los suyos, que han habitado la casa que tiene enfrente, la suya, trabajando los campos que le rodean, los suyos, y pasando muchas veces junto a él, rozándole incluso, sin llegar ninguno de ellos a alcanzar el grado necesario de sensibilidad extrasensorial que sí tuvo su hija aquella lejana primavera del 1881, cuando intuyó, al menos, o presintió su presencia, parecería un infierno si no fuera porque en ese espacio-tiempo de inexplicable estructura para-dimensional tan ajena a los parámetros racionales no existe el dolor, la vejez, el aburrimiento ni el desgaste de las emociones. Recordemos que el hechizo de la tercera atención es un fruto arcano del pacto de los aliados con la muerte de todos los seres orgánicos que hayan alcanzado una conciencia bruja, como era el caso de nuestro esforzado escarabajo; pues, insistimos, nadie ha estipulado que los artrópodos no puedan disfrutar de la prerrogativa de la magia iniciática en este planeta. 
	
El Sr. Lang está ya acostumbrado, por tanto, a su eterno nicho de invulnerabilidad, desde el cual recorre, plenamente consciente, las infinitas sendas de los sueños lúcidos y sus prodigiosas posibilidades, solo para regresar cuando el remanente de sus sentidos físicos detecta la proximidad de algún familiar o algún acontecimiento interesante en la casa o en el prado. La hierba sigue seca en el perímetro del lugar aproximado donde está la cúpula, en gran parte precisamente a causa del incansable caminar de su etérico habitante. Pues los fantasmas, aunque pesen poco, no dejan de ser energía; y ya lo dijo Einstein: donde hay energía, hay peso, por muy pequeño que sea.
	
Los ángeles del ensueño, benignos instructores omnipresentes en el astral, también llamados hermanos mayores, le han dicho que si algún humano se sentara a meditar justo en el círculo, y lo hiciera concentrando su pensamiento en él, probablemente quedaría libre de su confinamiento. Libre para regresar al mundo físico o para ingresar definitivamente en la conciencia total. Pero David sabe que ya nadie le recuerda con el suficiente interés; y sabe también que la humanidad aún tardará milenios en desarrollar la ciencia radiestésica que le localice (a él como a tantos otros prisioneros en semejantes circunstancias dispersos por la superficie del planeta). Así que no tiene prisa. Al fin y al cabo ha prolongado su vida, alcanzando cierto grado de inmortalidad; y eso, en el fondo, se puede interpretar como una suerte. Era mucha la conciencia que había almacenado aquel insecto mágico. Aún puede disfrutar mucho, mucho tiempo contemplando el mundo desde su atalaya de invisibilidad.  
	
Ha aprendido, además, gracias a sus crecientes destrezas mágicas, a transformar en imágenes los ecos de aquellos gritos entrecortados con que su bienamada hija le llamó aquella lejana mañana. Ecos que en virtud de la fuerza del amor, la única que supera a las nucleares, sutilmente traspasaron la barrera de la burbuja y se quedaron rebotando en sus paredes como un ave huidiza y afectuosa. Y así, cada vez que quiere recordar su verdadera identidad, estremecerse con los rescoldos de su remota humanidad, se sienta en los balcones de su castillo nevado (tan grande es ese habitáculo desde una perspectiva interior) y deja que las reverberaciones del pasado, como quien repasa un entrañable álbum de fotos, recompongan las figuras y expresiones, las miradas y los rostros de los que fueron sus seres amados. Pues nunca se ama tanto como cuando se es humano.




	¿QUÉ DEMONIOS VERÍAN?


	1.
	Lo confirman, y con las mismas palabras, los cronistas actuales. Aunque no los contemporáneos del suceso. Lo cual apunta a una "desclasificación" relativamente puntual y reciente. Pero en todo caso llama la atención la poca importancia, el carácter anecdótico, que unos y otros conceden al extremo a mi juicio más determinante, y escalofriante, del famoso expediente paranormal de "El Duende de Zaragoza". 
	Los antecedentes: en el hornillo, el fogón, de la cocina de una vivienda sita en el edificio que hoy imprudentemente se llama "Hotel El Duende", en el centro de Zaragoza, estuvieron oyéndose voces durante muchos meses, en la época justo antes o después de la Guerra Civil. Voces y manifestaciones que ni autoridades ni arquitectos ni científicos supieron explicar. Un fenómeno que se tornó tan notorio que hasta trascendió nuestras fronteras. Atrajo tal cantidad de curiosos que existen fotos con toda la calle atestada de gente. Una muchedumbre sonriente. No tardaría, pues, el Gobierno en clausurar la casa y destruir el hornillo. Pero quedaron documentos que atestiguan los fenómenos presenciados, frases escuchadas, explicaciones propuestas, pruebas efectuadas, etc.
	Sin embargo, como decíamos, muchos de esos informes terminan tildando de simple anécdota el hecho de que, meses después de que la cocina fuera desmontada, una muy conocida vidente de la época, o de la zona, realizó una sesión conjunta de espiritismo, en un piso contiguo al edificio, con idea de "contactar" con la misteriosa entidad parlante que había en el fogón. Con el resultado de que la buena mujer cayó fulminada por un infarto exactamente en el instante en que, según cuentan los asistentes, empezaba a conectar con él. 
	Muerta. Sí. Por eso no comprendo que los cronistas no intenten, sobrecogidos, analizar las implicaciones de este final. Quizás sea el verdadero núcleo de la historia, la clave que permitiría comprenderla. Pues ¿puede un demonio mosquearse tanto porque le arrebaten su inconcebible "nido de materialización"? Y, sobre todo, ¿cómo puede su ira asustar tanto a una versada y experimentada profesional del trance? O más terrorífico aún: ¿dónde puede estar ella ahora?


	2.
	Toda la familia velaba al moribundo. Joven aún, apenas treintaycinco, y además soltero, un cruel tumor cerebral se comía los últimos instantes de una vida salvajemente truncada en sus infinitas potencialidades. Decimos que no se ha casado. Pero su última novia, con la que ha roto hace seis meses, charla quedamente con los familiares en el salón contiguo. El enfermo, cuyo conocimiento hace ya horas que devanea perdido entre los sopores de la morfina y los de la agonía, luce un semblante  tan desgarrador que se entiende que nadie quiera examinarlo.
	Solo su perrito, fiel como ningún humano, inmune a toda fealdad, reposa tranquilo en una silla junto a la cama. No hace muchas horas que su dueño pudo reunir algunas fuerzas para acariciarle el morro, así que de vez en cuando levanta la cabeza y las orejas, expectante, esperando volver a recibir de su querido amo alguna señal de afecto o de recuperación. Todos los demás, repetimos, padres y hermanos, novia y amigos íntimos, descansan derrotados por la espera y el pesar en la habitación contigua, si acaso levantándose alguno de ellos de vez en cuando, particularmente el médico, para comprobar el estado, el desgraciado y previsible desarrollo de los acontecimientos.
	De repente, un chillido sobrehumano, lacerante, inidentificable, electriza a todos los veladores, haciéndoles botar del susto, borrando de sus caras todo rastro de color y haciéndoles abrir los ojos como si los párpados no hubieran existido nunca. Un instante congelado de pánico y desorientación. Y, en mitad de este silencio, en una trayectoria ajena a toda curva, cruza la sala el pequeño chucho como una exhalación. Aún articulando esos aullidos de una agudeza sin parangón, y sin mirar a nadie, sale por la puerta a la escalera y luego a la calle, en un lapso de tiempo de pocos milisegundos.
	Naturalmente, cuando la familia reacciona, ya saben perfectamente lo que se van a encontrar en la habitación. El enfermo acaba de morir. La estampida del perrito cede en consideraciones a las muchas otras que hay que diligentemente atender. Los llantos, las comprobaciones, las antesalas del duelo, los mil detalles que en toda cultura articulan este inevitable ritual. Y sin embargo, y es este final el que de nuevo desvela la inusitada trascendencia del enigma, el verdadero núcleo de la historia, cuando horas más tarde se pusieron a buscar al perro no pudieron encontrarlo. Por más que buscaron, jamás volvieron a verlo. Conocía la casa y conocía el barrio, así que habría podido volver si hubiera querido. Pero debió de ser más grande el terror. ¿Qué será la muerte, pues? ¿Qué rostro de universal espanto puede llegar a asustar tanto a seres tan ajenos a nuestro código mental, o a nuestra imagen del mal? Miente quien afirme que puede imaginarlo.
Cuadro de texto:    Sección                     RELATOS BRUJOS